24.8.11

Nadie puede vivir con la mitad de un corazón.

-¿Quién descubrió América? -preguntó Aston efusivamente.
-Por decimocuarta vez, Colón -respondió Aimeé con tono desesperado. Aston dejó el libro en la mesa.
-Si no le pones interés, ésto no será divertido y no aprenderás nada. Y tú quieres aprender, ¿verdad?
-Quizá se me haría más ameno si fuera a la escuela en lugar de estar encerrada aquí siempre -Aimeé bajó la cabeza y apoyó sus manos en el regazo-. No tengo amigos, no tengo vida. Me siento como una monja de clausura.
-¿Qué hay allí fuera que te sorprenda tanto? -Aston estaba sorprendido
-Si no lo veo, nunca sabré que me sorprende -la chica cerró los ojos aguantándose una lágrima-. Pero el simple hecho de escuchar a chicos de mi edad reír más allá del jardín, ya me intriga.
-Niños que no saben ni escribir ni leer. Simples desechos que no hacen más que dar el follón y no se interesan por su cultura -cortó Aston tajante-. Tú en un par de años irás a una gran Universidad. Serás toda una señorita y tendrás el orgullo de decir que no te juntases con gente que nunca supo, ni quiso saber, de la palabra "aprendizaje".

Aimeé levantó la cabeza y miró a Aston con odio. El hombre pudo sentir como se le erizaba el bello; nunca la chica le había mirado de esa manera. Aún así, guardó la compostura, como el buen caballero que era. 

-¿Y tú eres el que me hablaba de que todos somos iguales? ¿Que todos sangramos igual? -dijo la chica con rencor en sus palabras-. ¿No eran más que mentiras? ¿Tú eras el que me hablaba de respeto hacia los demás? Mírate, escúchate... No eres el hombre que me enseñaba la educación y el afecto para otra gente.

Aimeé se volvió y subió a su cuarto. Aston se quedó unos segundos mirando la escalera por dónde había ascendido. Sintió en ese momento un vacío en su interior, algo que hacía tiempo que no le pasaba. Se sentó en su butaca frente al ventanal y comenzó a acariciar a su gran perro Minos. Estaba blanco, con un sudor frío y sin poder analizar qué había pasado hacía escasos minutos.

Algo se removía en su interior, como una batidora. Los recuerdos que había dejado atrás, y que con mucho esfuerzo consiguió olvidar, volvieron a su mente. Una punzada de dolor le recorrió el corazón. 
Veía su infancia, aquellos amigos que había tenido y los cuáles no volvió a ver. Esas personas que le habían hecho tanto daño sólo por tener la capacidad de una mente superior. Sabía que su niña era igual que él, por ello no quería que sufriera.
Mientras las imágenes le recorrían toda la mente, la vio a ella. La única que le sonreía, la única que siempre le quiso por su capacidad y admiraba todo lo que hacía. Sí, ella. La única que a pesar de todo el tiempo que pasaron entre ambos, le hizo más daño que todos sus compañeros juntos. Había olvidado su nombre; el dolor lo había borrado. Pero recordaba su cara, su sonrisa, su vida... 

Subió desganado hacia la habitación de Aimeé y abrió la puerta lentamente. La chica estaba en la cama, mirando por su ventana y llorando. Observaba a los demás chicos de su edad jugar a la pelota y a las chicas viniendo de las mejores tiendas de ropa. Era como si todos se conocieran. Ella nunca había vivido eso y nunca lo iba a vivir. Eso la mataba.
Aston se sentó a su lado y fue allí cuando Aimeé se dio cuenta de su presencia. Intentó disimular las gotas de su cara, pero era demasiado tarde.

-Lo siento mucho -comenzó Aston con todo decaído-. Es muy egoísta por mi parte, no te lo discuto, pero todo...
-"Todo tiene una explicación, como todo lo que hago y lo sabes" -interrumpió Aimeé con tono burlón imitando al hombre-. No sé qué explicación puedes sacar a ésto que me haga verlo de otra manera, pero adelante.
-En realidad es tan fácil como el mecanismo de un lápiz -rió avergonzado-; es el simple, pero a la vez tonto, hecho de que no me alejen de tu lado.
-¿Por qué iban a hacerlo?
-Conocí a una chica como tú cuando tenía tu edad, quizá un año más -comenzó-. Era la única a la que he amado. Éramos los raritos de la escuela, pero a diferencia de mí, ella era hermosa. Todos los demás estaban colados por ella, pero era mía, solamente mía. Un día desapareció; no estaba en su casa, ni en el parque, ni en la biblioteca... en ningún sitio a dónde iba normalmente -Aston agachó la cabeza-. Una semana después me enteré de que esos... -se contuvo-, niños me la habían robado. No quiso saber nada de mí, ahora era popular, siempre había soñado con eso. Me quedé solo. Mi cerebro y yo solos. Nunca volví a enamorarme ni a sentir ningún tipo de amor hasta quince años después -miró a Aimeé y los ojos se le llenaron de lágrimas-. Llegaste tú, con sólo doce años. Tan sola, tan especial. Supe que eras como mi alma gemela. He estado cuidando de ti estos cuatro años más incluso que a mí. Más incluso como la cuidaba a ella. Quizá el dolor me hace que en ese aspecto sea egoísta. Tengo la sensación de que te arrancarán de mí y después de harán daño. No quiero que me olvides si pasa eso.
-Tú me sacaste de una vida de penurias, Aston -dijo la chica-, ¿por qué debería deshacerme de alguien que ha sido lo máximo en mi vida? No. Sería como partirme el alma y tirársela a un perro hambriento. Nunca me alejarán de ti. Nadie puede vivir con la mitad de un corazón -Aston sonrió.
-Prométeme que estarás bien -contestó el hombre con más lágrimas en los ojos-, que pase lo que pase me lo dirás. Y yo juro que te ayudaré y te apoyaré en todo.
-Te lo prometo -respondió Aimeé a punto de llorar.
-Vale -el hombre la abrazó-. Si quieres puedes ir a conocer a esos chicos y chicas.

Aimeé le sonrió ampliamente y bajó corriendo las escaleras. Aston se quedó sentado en la cama viendo como su chica hablaba con las demás. Para su sorpresa se dio cuenta de que se había quitado un peso de encima. Con tan poco había hecho sonreír a la mujer de su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario