16.8.11

La inocencia siempre fue la mejor época.

El Sol había salido ya hacía un par de horas pero apenas alumbraba. Los pocos rayos de luz entraron por la ventana e iluminaba toda la habitación. Aimeé abrió los ojos lentamente; en cuanto se dio cuenta de que ya era de día saltó de la cama y los nervios afloraron por su cuerpo. Hacía dieciséis años que vio este mundo, en una mañana de Primavera.
Se vistió lo más rápido que pudo y bajó corriendo al salón esperando encontrar al hombre de la casa allí. Aston siempre se levantaba con los primeros rayos de luz y preparaba un gran desayuno. Además, siempre se sentaba en una butaca que daba al gran ventanal del palacete mientras esperaba que la chica se levantase. Pero esta vez no estaba allí. 
Aimeé miró extrañada, recorrió todos los rincones de la casa en compañía de su perro Minos. Ni rastro de Aston. Decidió esperar. Pasó un par de horas sentada y otras cuantas dando vueltas por los pasillos de la estancia. Nada. 
Desesperada, decidió tomar algo. Mientras se untaba mantequilla en un trozo de pan su mente comenzó a maquinar el por qué él no estaba.

-No me puedo creer que me haya dejado tirada -dijo enfadada-. Quizá le haya pasado algo... Alguna urgencia. O tal vez me esté comprando un regalo. Sí, seguro que es por eso. Si no, me hubiera avisado.

Aston no se perdía ningún cumpleaños de la pequeña Aimeé desde que la acogió en su casa; hacía ya cuatro años de aquello y pasara lo que pasara, celebraban las fiestas juntos.
Cuando la chica había acabado su desayuno, se escuchó la puerta principal abrirse. Aimeé corrió hacía el vestíbulo y se quedó varada a escasos metros de la entrada; Aston tenía cara de cansancio y traía una pequeña bolsa entre sus manos.

-Buenos días, cumpleañera -le besó la frente a modo de saludo-; siento el retraso. He tenido que ir a casa de mis padres a por ésto -le ofreció la bolsa a la chica.
-¿De tu antigua casa? -estaba sorprendida. Aston sintió-. Vaya, es un detalle.
-¡Pero no esperes más! -dijo el hombre efusivo y tal vez más nervioso que la chica-. Ábrelo.

Aimeé abrió la pequeña caja que se encontraba dentro de la bolsa. Una muñeca de trapo. La desilusión apareció en su cara 

-Dejé de jugar con muñecas hace tiempo -contestó decepcionada-. Las pocas que me quedaban ahora están cogiendo polvo en el sótano. Si has hecho ese largo viaje para regalarme ésto, ha sido una soberana estupidez.
-Que cumplas los dieciséis no te convierte en mayor, y menos en más vieja que yo -sentenció Aston-. No intentes hablar como si fueras eso que no eres, no te eduqué para ello. Esta muñeca tiene un significado, Aimeé, todo lo que hago yo lo tiene, lo sabes, deberías preguntar antes de sacar una conclusión. Dar respuesta a algo que ni has preguntado, eso si que es una soberana estupidez.
-Lo siento -dijo la chica avergonzada-. Está bien... ¿Por qué me has regalado una muñeca a sabiendas de que ya no juego con ellas?
-Mientras tus muñecas están guardadas en alguna caja en algún lugar del sótano -respondió posando sus manos en los hombros de la muchacha-, quiero que ésta la tengas contigo. Que no coja polvo, que la quieras como a ti.
-¿Por qué debo hacer eso?
-Porque es tu infancia -la chica lo miró sorprendida-. Te haces mayor, querida. Tu niñez se queda atrás. Pronto te darás cuenta de lo duro que es el mundo ahí afuera y echarás de menos los tiempos pasados.
-Tú me enseñaste que no hay que querer volver atrás -dijo Aimeé burlona.
-Lo sé, pero no dije que no habría que olvidar esos tiempos -rió Aston-. Cuídala, pequeña. Quizá ésto sea el último recuerdo de tu infancia que te quede. Ahora quieres ser mayor, pero en cuanto te des cuenta de la cantidad de porquería que mueve este mundo, recordarás tu pasado. No dejes que cojan polvo los buenos tiempos, al fin y al cabo la inocencia siempre fue la mejor época.

Con ésto, Aimeé se dio cuenta del sentido de las palabras de Aston. Siempre le sorprendió la filosofía que emanaban sus labios y la fluidez con la que lo hacían. Muchas veces pensaba cómo era aquello, si el hombre se pasaba horas y horas buscando cualquier respuesta a los obstáculos que una necia niña -que en realidad, ella siempre sería su niña- le ponía. Por primera vez en mucho tiempo volvió al pasado. Sí. Recordó lo que de pequeña pensaba y lo que nunca salió de su mente: quería ser como él. Tan fantástico, místico y encantador. Supo en aquel instante que Aston sería el hombre de su vida, para siempre.

-Vayamos a dar un paseo, pequeña -la chica le sonrió y asintió a la propuesta del hombre-. Tu primer paseo hacia la madurez.

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